¿Por qué el poder es como el fuego?

Al nacer, recibimos nuestro primer regalo procurado por esta, nuestra sociedad: una pequeña llamita de fuego.

Durante los primeros años, no nos encomiendan gran cosa con ella: que la preservemos y no la perdamos de vista. Pero conforme vamos creciendo, los mensajes son unívocos: el sentido de esta vida es hacer crecer esa llama. Conforme nos acercamos a la pubertad, nuestra experiencia nos confirma que quizá esto cierto. Parece que la llama nos alienta en los momentos difíciles y nos propulsa en los buenos momentos. Psicólogos conductistas como Pavlov, analizando este escenario, quizá dirían que esa la vida la que desde pronto, nos da claros indicios de como debemos proceder en ella.

Pero no sé si alguna vez te paraste a pensar: ¿Crees que lo que te ocurrió en tu infancia y adolescencia fue mera casualidad natural? ¿O puede que nuestro entorno se hallare construido entorno a una fuerte causalidad cultural? Lo cierto es que la cultura, aunque pueda parecer casual, ya constituida ejerce un fuerte efecto causal. Durante toda nuestra infancia, nos enseñan que esto o aquello es mejor, por el mero hecho de “que siempre fue así“, sin claras explicaciones de su transdencentalidad. A fin de cuentas, ¿quién la conoce realmente?

¿Cómo sabemos realmente qué es natural y qué es cultural?

Esta pregunta es algo que vienen haciéndose los filósofos desde el principio de los tiempos. De hecho, en la vida moderna, los estudios se mantienen en una misma línea conyuntural: el análisis los comportamientos de los niños salvajes (criados en un entorno salvaje) para entender cual es la naturaleza del ser humano, carente de la influencia de toda cultura. Algo que siempre nos recuerda a al famoso mito de Rómulo y Remo, fundadores de la polis (Roma), como mito precursor de la idea de que el ser humano es político y racional (filosofía Arisotélica).

Por tanto, si partimos por base, con gran certeza, que la sucesión de actos que giraban entorno a nosotros, formaban parte, en el fondo, de un reflejo de la cultura,

  • ¿Qué sentido habría en sentirnos incentivados o penalizados por los mismos?
  • ¿Qué sentido existiría en establecer esta conexión entre nuestra pequeña llama y el acto?

Conforme avanzamos en nuestra proceso madurativo, llegamos a la adolescencia. Una época que generalmente se recuerda como agradable a la par de tormentosa, donde el desarrollo de las creencias dicen que marcan toda una vida. Y aquí es donde claramente, todo lo que nos rodea puede que definitivamente nos confirme eso que llamamos verdad:

 “El sentido de esta vida no solo consiste en conservar la llama, sino hacerla crecer, sea en la dirección que sea” 

Los filósofos denominaron a esta dirección “los valores“, siendo en gran medida, el compendio general de elementos que suelen dirigir la vida, siempre desde la perspectiva cultural que nos aborda. Lo cierto, es que los valores, suelen ser el principal motor de la generación de expectativas, dado que al perseguirlos, puede que las metas que interponen se cumplan o no. Por ejemplo, si nuestro valor es la familia, es requisito imprescindible, tener familia, ya sea la “natural” (padre, madre, hermanos), o “generada” (pareja e hijos). Para el hijo único huérfano, la familia natural es limitada, y la generada, es arbitraria, dado que en el fondo, no depende plenamente de nosotros.

Pero aquí lo importante, es que para incrementar las posibilidades de la ocurrencia y consecución de las expectativas generadas entorno a nuestros valores, siempre dispondremos de algo muy importante que nos entregaron el día de nuestro nacimiento: la dichosa llama de este cuento.

¿En qué consiste es el poder?

La palabra poder, viene etimológicamente de “potēre“, así como potencia, o impulso. Aquello que influye en la capacidad de ejecutar algo o dicho de otra manera, la influencia de que algo sea ejecutado. El poder, por tanto, es solo una variable dentro de una ecuación.

 Voluntad x Poder = Probabilidad y capacidad de que algo suceda. 

En cierto modo, si nuestro ojo es la voluntad, el poder es el arco, la flecha es la acción y la diana es el valor, siendo la flecha clavada en la diana la ocurrencia de la expectativa.

  Si no cogemos el arco, no podremos disparar. 

Por eso, en cierto grado, toda filosofía que no sea nihilista, ejercita la potencia, es decir, requiere ejercer poder para su subsistencia. Es por ello que a Nietzche, como principal personaje conocido en el desarrollo del nihilismo, también se le reconoce por su intenso estudio de “la voluntad del poder“. Asimismo, a los Cínicos se les reconoce académicamente como los precursores del nihilismo, porque fueron los primeros en plantear, que quizá no exista, ninguna necesidad de levantar el arco (aunque esto es algo que es necesario desmitificar y veremos más adelante)

Las consecuencias implícitas del poder

Volviendo a la metáfora original, el poder es un arco, pero un arco ardiente. Es una llama: la llama que nos entregaron al nacer. A mayor poder, mayor intensidad de llama y por ende más nos abrasará, más nos dañará y más nos causa aflicción. Esto es algo que seguramente, ya habremos podido comprobar de primera mano a estas alturas.

Es por ello, que a lo largo de la historia surgiera la necesidad de crear algún tipo de artilugio, que nos permitiera manipular dicha llama, sin causarnos tanta aflicción.

El nombre por el que reconoceremos a esta herramienta es la espiritualidad. La espiritualidad, en cierto modo, otorga de justificación a la necesidad de levantar el arco. Y la justificación es suficientemente valerosa, para mantenernos firmes, pese al fuerte dolor que puede afligirnos. La excusa para que esto se dé, es que todos sabemos que la vida, es dura por naturaleza e implica un grado de sufrimiento espiritual. Las escuelas filosóficas se alienaron para dar sentido y justificación a la necesidad de soportar esta carga.

La justificación positiva para disponer del poder

Siempre el mejor ejemplo, lo tenemos en las poderosas instituciones religiosas. Ya los Cristianos originales entre otras religiones, decidieron sostener esta llama, para poder difundir con mayor arbitrariedad, la bondad de una fuerza suprema. Una fuerza generadora de cultura, que sería capaz de pasar la llama de generación en generación, a cientos de generaciones de bebés que nunca tuvieron claro como esa llama llegarían a sus manos y qué hacer con ella hasta llegado el momento.

Otro buen ejemplo, fue el de los Estoicos originales, forjaron una increíble teoría metafísica y espiritual que daba un fuerte sentido a la necesidad de ejercer el derecho y el deber de sostener esta llama. El llamado “katorthoma” o deber estoico. Los Platónicos, ya antes que los Estoicos, sostuvieron un intrincado sistema moral, de valores y de “virtudes” que les permitirían sostener esta llama “en pos de la Justicia” (“sostener la llama, para ser más justos”, solían decir). Platón, otro de los grandes precursores de la Espiritualidad y un gran ejemplo de Tomás de Aquino para dar sentido a la llama para futuras generaciones (patrón de los estudiantes y forjador de la catequesis)

Y en medio de toda esta marabunta, los Cínicos, nihilistas en modo pero no en forma, decidieron simplemente, no coger esa llama.

Sin justificación, la llama es insoportable

Pero por otro lado, a lo largo de la historia y en la actualidad, somos muchos, los que sin una justificación clara, nos disponemos a agarrar esa llama y salir adelante sin conocer sus implicaciones. Esta historia no suele acabar con un final feliz. Sin un elemento espiritual que diere sentido y justificación a esta acción, el resultado será inevitable: la llama te abrasa y tu alma muere con ella. En el presente vemos el ejemplo regularmente: tomamos conciencia del poder a temprana edad, lo alzamos y perpetuamos durante nuestros primeros años de madurez, y sumidos en una intensa infelicidad incomprendida (la paradoja material, “¿por qué soy tan infeliz si lo tengo todo?“), y en la que algunas veces, termina con suicidio. En el fondo el suicidio llega, cuando la llama ya ha quemado el alma por completo. Aunque con suerte la llama dejará algo intacto para vivir hasta la senectud malogradamente.

Los nuevos estoicos de la vida moderna creen, que un nuevo sistema de creencias, en el que relegando la responsabilidad a una externalidad, y llamándose falazmente prohairesis (que poco tenía que ver con la propuesta de Epicteto), sería posible reencauzar este sufrimiento.

El lema que reina en la actualidad es algo como el siguiente:

“Si las cosas no salen conforme a mis expectativas, como hay cosas que no dependen de mí, tengo que aceptar las cosas tal como vienen.”

Pero solo hay un problema con este lema:  Esto no se lo cree nadie. 

Por eso, a fin de cuentas, esta idea, solo pospone un poco lo inevitable: un breve salmo temporal, que no resuelve un problema mucho más complejo de base: estamos soportando una llama que abrasa, y mucho.

Existen tres formas de asumir el dilema

  1. Soportar la llama y crearse una justificación espiritual para soportarla: Es Dios quién me ha encomendado soportarla. La vida es dura, pero levemente menos dura que sin esta justificación.
  2. Soportar la llama, sin justificación alguna, mero condicionamiento cultural y vivir una vida de la penuria más insoportable.
  3. No soportar la llama, y vivir conforme a la Naturaleza, conforme a lo simple. Sin justificaciones elaboradas. A siempre es A. A nunca es B. Así de simple. Esto nos lleva al último punto.

El mínimo común múltiplo del poder

Muchos se preguntarán:

¿No es acaso necesario levantar la llama aunque sea unos centímetros y unos minutos al día? En otro caso, estaríamos incurriendo en cierta forma, en una vida de absoluto quietismo, algo que en el fondo, no se da ni en el estado más natural de los animales. Como mínimo habrá que sobrevivir.

Esto tiene una parte de cierto y otra de incierto. Cuando la cultura moderna saca a la palestra el concepto de “sobrevivir“, lo hace de una manera muy abundante. Demasiado abundante. En la cultura moderna, sobrevivir es sinónimo de Estado de Bienestar: educación, sanidad, vivienda y una buena alimentación saludable (como mínimo). Algo muy alejado de la verdadera supervivencia natural.

Para los Cínicos, la naturaleza proveía de sobra, pero partiendo de la base que el ser humano es un animal fuerte y se conforma con muy poco. El ser humano que concebimos en la vida moderna, es un animal que se ha desacostumbrado por completo a vivir en la naturaleza, porque al asumir las necesidades que impone la cultura y su “Estado de Bienestar”, y al soportar perpetuamente esa llama que acaba cegando la voluntad natural, nos vemos desprovistos de las verdaderas herramientas que nos hacen fuertes de serie.

Los pies de las personas son blanditos porque no están acostumbrados regularmente a andar descalzos por terrenos pedregosos. Pero en la naturaleza, la planta del pie puede llegar a volverse más dura que el cuero. La piel, parece muy fina, desprovista de pelo para soportar las inclemencias. Pero nada más lejos de la realidad, el ser humano podría ser capaz de adaptarse a todas las temperaturas desprovisto de los requisitos del Estado del Bienestar.

Pero ya dentro de este Estado, volver a la naturaleza no es tan fácil. Se requiere de un ejercicio de rehabituación que implica mucho sufrimiento corporal.

Este ejercicio, para los Cínicos, era lo que constituía el llamado “ponoi” que constituye “el poder natural“. El ponoi literalmente significa, el “dolor del esfuerzo“. Pero no consiste en un esfuerzo dirigido por los valores. No consiste en un esfuerzo que requiera de nuestra llama para alcanzar ninguna diana. Solo se trata de un esfuerzo por recuperar lo que ya nos pertenece como seres humanos. Es un esfuerzo por el mero hecho de entender que la naturaleza así lo espera de nosotros. En cierto modo, recuerda cierto grado a ese primitivismo visto en algunas filosofías más modernas, como la propuesta de Walden de Thoreau.

Esto dará para una reflexión mucho más en profundidad hablando sobre el ponos, la importancia del mero esfuerzo y el dolor que este conlleva implícitamente como una de las 3 principales “Virtudes Cínicas“.

A priori, el ponoi, es algo sobre lo que leemos y puede que para la mayoría no tenga ningún sentido. Ya nos lo recordaban los Epicúreos, ¿qué sentido tendría sufrir por el mero hecho de sufrir? Pero no hay que confundir el sufrimiento del alma, con el sufrimiento natural y animal. Hasta los Epicúreos, ejerciendo parte del legado de los Cínicos, también soportaban su propio ponoi y abanderaron el concepto de la práctica ascética. Marco Aurelio, Séneca y Epicteto también plasmaron esto en sus escritos, sobre la importancia de esta práctica Cínica para vivir conforme a la naturaleza.

Porque puede, que a fin de cuentas, sostener esa llama bien alta, no sea tan prudente como nos han hecho creer, a través de la supuesta Virtud de la “phronēsis” (Prudencia).

 ¿Acaso existe algún poder más esencial que retomar el control de nuestra propia naturaleza? 

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