De la Razón a la Virtud

Uno de los elementos que más difícil me resulta definir, y no menos explicar, es sin lugar a dudas, el concepto del Logos o la Razón. Ya en su momento intenté darle un sentido a través de lo opuesto, es decir, a través de lo que muchos conocemos como Vicio, o dicho de otra manera, aquellas interpretaciones evaluativas y enjuiciadoras de la realidad que lideran a las pasiones.

Parece que según ciertos Estoicos, la Razón resulta algo muy trivial hasta el punto que la mayoría acaba “suponiendo” que lo que dicta la Razón es lo más parecido a un conjunto de medidas normativas con cierto aire de superioridad moral, que dirigen el correcto transcurso de un mundo utópico (como si el ser humano supiera que es lo mejor de verdad). Tengo claro, que el motivo de esto es que muchos confunden al Logos o a la Razón con la “sabiduría práctica” (Φρόνησις, phronēsis) de Aristóteles (o Prudencia, como lo denominan los Estoicos Modernos).

Pero realmente, la phronēsis, solo pertenece al Sabio Estoico como resultado de la aplicación de la Razón perfecta y definitiva. Según Zenón y Crisipo (Estobeo, Églogas, 2.7.11g; DL 7.83; DL 7.90). Esto quiere decir que en el fondo, equiparar a la Razón con la phronēsis es un error. No existe “tal” como un deber moral en el Estoicismo y menos en la vida real, más allá de un constructo que mayoritariamente aceptamos popularmente como mera herencia del Platonismo y el Aristotelismo, divulgado gracias a la cultura Católica Apostólica que nos envuelve, especialmente en los países de lo que consideramos el lado occidental del globo terráqueo (y por eso a muchos nos sorprende de sobremanera, el extraño sentido del deber moral en otras culturas).

En este gráfico que hice recientemente, creo que se entiende mejor, en qué se diferencia el verdadero conocimiento, y su expresión, comparativamente a lo que los Aristotélicos y Platónicos nos hacen creer a través del mundo de las Ideas y conceptos derivados como el Kathólou de Aristóteles.

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La diferencia entre el conocimiento objetivo y el conocimiento inferido de Platón.

Podríamos entrar a debatir entre diferentes propuestas analíticas o metafóricas, como la de la Caverna de Platón, en la que supuestamente, unos tristes hombrecillos, expuestos a sombras, creen que saben todo lo que tienen que saber, porque desde el conocimiento objetivo, es decir, lo que han visto por sus sentidos, solo han sido capaces de crear conocimiento sobre dichas sombras.

Al salir al exterior de la caverna, observan que hay mucho más allá de las sombras (la metáfora de las suposiciones e indagaciones, los juicios de valor, las evaluaciones, en definitiva, lo relativo a la phronēsis de Mètis). Pero hay que tener claro que esto es solo una hipótesis: la existencia de una posible suprema Verdad es algo totalmente desconocido y debatible, y pararse a divagar sobre estos términos, no deja de ser a fin de cuentas, una perdida de tiempo para el alma débil que no quiere meter el pie en aguas turbulentas y prefiere quedarse en lo hipotético para no mancharse demasiado. La phronēsis en el fondo es caldo de cultivo para el sibarita, para el intelectual, para el sofista y para el trastornado que necesita saber con certidumbre, qué es lo que debe hacer, por qué y para qué lo hace como veremos más adelante.

¿Qué es exactamente la Razón?

Pese a esta introducción nunca quedó claro, al menos para mí durante mucho tiempo, qué es la Razón o el Logos exactamente. Podríamos decir que Logos, como una especie de materia que los Estoicos hipotetizaron en el interior del cuerpo, que unida al Pneuma, conforma el alma y rige el curso de los acontecimientos a nivel Universal. Suena bien, como un postulado (meta-)físico, pero sigue sin definir bien, al menos, a nivel razonablemente compresible (como para asentir, a nivel de epistêmê), qué es la Razón o al menos, de entre nuestros pensamientos, cómo etiquetar cuáles provienen genuinamente de la Razón.

Lo cierto es que, a través de cientos de conversaciones con muchas personas de diferentes corrientes filosóficas, creo que he llegado a una conclusión que en común con todos, se da en el ser humano posiblemente, por su Naturaleza. Por algún motivo que desconozco al 100%, todos recibimos una especie de señal o información en nuestro cerebro constantemente, que nos invita a pensar y a saber a ciencia cierta, “qué es lo correcto en cada momento”. El ser humano, salvo que sufra algún tipo de desviación mental, fruto de algún problema neurológico, psíquico o por abuso de algún tipo de sustancia, sabe perfectamente “cuál es su deber” en cada instante de su vida.

Lo más probable es que sea el conjunto de 3 factores mayores:

  1. El epistêmê, el conocimiento adquirido a lo largo de su historia
  2. Las circunstancias presentes
  3. Quizá algo de código genético, herencia personal

Permita a alguna parte de nuestro cerebro, de nuestra alma, o del cuerpo en todo su conjunto, transmitir una señal al cerebro que nos indica con precisión “qué es lo correcto”. Realmente no sé si esto es algo místico, forma parte de un Logos Universal, o si realmente es algo claramente físico y estudiable que en varias décadas podremos definir como una algún tipo de onda electromagnética o una sucesión de reacciones químicas o secuencia genética. Sea como sea, me da exactamente igual, no es objeto de este análisis y creo que solo es más otro caldo de cultivo para la divagación y búsqueda de evidencias científicas que intenten avalar dicha hipótesis.

Pero lo importante aquí, es que indudablemente, el 100% de las personas con las que he tenido la oportunidad de hablar sobre esto, no discuten que esto se da, y que está ahí. Es un Universal. Creo que en este punto, sin haberlo podido definir, y si sabes de lo que estoy hablando, es esto a lo más parecido que yo podría definir como “Razón”, sin ser capaz de dar una definición epistemológica exacta. Si no lo tienes claro en este punto, deja un comentario y trataré de ilustrártelo de mejor forma.

La ruta que traza el camino entre la Razón y la Virtud

La importancia de definir exactamente el sentido de la Razón tiene un motivo: entender como alcanzar la Virtud a través de ella desde otra perspectiva parecida a la que propusieron los Estoicos, pero diferente en algunos ángulos, y en cierto grado, para dar un punto de compresión al sentido de vivir conforme a la Naturaleza, que mostraron los Cínicos, a través de los Pónoi.

No hay día que pase, que no me pregunte qué sentido tiene ejercer los Pónoi en el día a día, es decir, ejercer regularmente ese cúmulo de trabajos ascéticos, que hacen sufrir al cuerpo, pero enaltecen al alma. Lo cierto es que al mismo tiempo, fueron muchos los Estoicos que sugirieron, que los Pónoi Cínicos eran un atajo para alcanzar la Virtud (DL 6.104, DL 7.122, Epicteto, Disertaciones, 3.22, y buen ejemplo de primera mano en Dion Crisóstomo en sus Discursos). En principio, esto siempre me ha resultado como algo muy superfluo, complejo de digerir y mucho más, de entender y aceptar para trabajar diligentemente. ¿Cómo es posible que exista un camino entre el Cinismo y la Virtud Estoica?

La cuestión es que tras cierto debate intenso con partidarios de la visión Peripatética, me di cuenta, que la mayoría de las propuestas que conocemos a día de hoy del Prokopton, son solo, “ideas para progresar” (i.e Éticas a Nicómaco, Libro 3), que bien encajarían en un libro de autoayuda y que en gran medida, se encargan de inhibir al caballo pasional conforme a la metáfora del Auriga Platónico y su caro alado.

Pero para aquellos que no vemos al alma, como tripartita, sino monista, esto de dividir al caballo en dos o tres partes no tiene sentido, y por ende, no podemos “inhibir” o apartar, algo que vive inherentemente siempre en nuestro espíritu. Las pasiones siempres están ahí, no se pueden evitar, no se pueden apartar. No existen “trucos” o lifehacks como dicen los anglosajones, para apartar a las pasiones, pero sí para apartar al Vicio, que no es lo mismo.

Por otro lado, las ideas del progreso Cínicas y Epicúreas, como la propuesta de Epicteto y Séneca, es la otra alternativa que además resulta muy común en muchas órdenes religiosas y también filosofías orientales. Todo aquello que gira en torno al ascetismo es otro camino para el progreso moral. Los Epicúreos tenían un leitmotiv para ejercitarse en estas ideas. Por ejemplo, comer y vivir más frugalmente o evitar tener relaciones sentimentales intensas, con el objeto de inhibir el dolor que supone las restricciones que impone la vida misma, la epithumia (la apetencia) y necesidad de lo material, así como la dificultad de las relaciones interpersonales.

Pero los Cínicos realmente, no dejan claro cuál es el sentido de los Pónoi. Los Cínicos no se resistían a nada. Comer un apetito dulce cuando estaba a disposición (Luciano, Vida de Démonax, 53), o tener una relación intensa hasta el matrimonio (Crates e Hiparquía, DL VI.96). Supuestamente, el sentido o leitmotiv del Cínico consiste en el simple hecho de alcanzar la libertad. Pero ¿qué sentido tiene realmente alcanzar la libertad del alma? A priori una difícil respuesta sin definir con precisión en que consiste dicha libertad, y si la hubiere, mis dudas caben sobre cuanto de motivadora resulta para ejercer por y para ella.

La cuestión es que la Razón, juega un papel importante para los Cínicos y para los Estoicos por herencia, y precisamente es este punto el que diferencia a los Estoicos de otras filosofías normativas en el aspecto Lógico y sobre todo Físico poniendo a la Razón como el Único bien y la única Virtud.

¿Qué papel juega la Razón en toda esta historia?

Aquí viene la gran cuestión de todo este trabajo. Por algún motivo, puedo observar, que cuando recibimos esa señal que nos indica “qué es lo correcto”, y hasta que decidimos en firme ejecutarlo, si es que llegamos a ejecutarlo por decisión propia y no porque las circunstancias nos obligan irremediablemente, existe una horquilla intermedia. A esta horquilla, se la denominaba la “Akrasia“.

Podríamos decir que la Akrasia está ese punto en el que, a pesar de que en nuestro interior, tenemos claro qué es lo que debemos hacer, hay algo que nos impide hacerlo. Una falta de voluntad quizá. Una falta de pleno convencimiento.

Por citar un ejemplo: si en cierto punto de nuestra vida, sabemos que tenemos que hacer deporte para mejorar nuestra salud, a lo largo del día nos puede venir a la cabeza que es un buen momento para salir a hacerlo. Obviamente no podemos decir que hemos hecho ejercicio, si un perro rabioso, nos ha obligado a correr despavoridamente velando por nuestra vida. Aquí hablamos en todo momento del acto 100% voluntario que no depende de un factor de fuerza mayor que nos lleva a ejercer conforme a esa señal de la Razón.

Dependiendo de los tres factores que comentaba anteriormente (genética, episteme y circunstancias) es más probable que lo hagamos al momento, lo procrastinemos (ya lo haré más tarde o mañana), o que simplemente lo desechemos). Dependen de estos factores que podemos ilustrar con estos ejemplos:

  1. Somos genéticamente de complexión atlética y nunca el deporte nos ha supuesto un duro esfuerzo, incluso hay personas que generan endorfinas con el deporte y no pueden parar de hacerlo porque gozan placenteramente de ello; o lo estrictamente opuesto: somos de complexión obesa, y nos cansamos con dar 4 pasos.
  2. Nuestra familia, amigos y allegados son deportistas y siempre nos hemos rodeado de un espíritu deportista que en gran medida, nos empuja a hacer deporte con facilidad, o todo lo contrario, en nuestra casa nuestros familiares se movían menos que los ojos de Espinete.
  3. Hace un día espléndido, sin mucho calor ni frío, ideal para salir a correr un rato, está lloviendo a mares o estamos en plena ola de calor que no baja de 30 grados ni en la madrugada.

Todo esto a fin de cuentas, influye a la hora de “conciliar” lo que nos dictaminó “la Razón” y la decisión que vamos a tomar. Además hay un cuarto factor que es aún más importante que estos tres juntos: cuál es el nivel de Voluntad que disponemos para ejercer conforme a nuestra Razón.

¿Cómo mejorar nuestra voluntad?

Hasta la fecha, no he conocido a nadie que sepa decirme cómo mejorar la voluntad, sin incurrir en pequeños consejos más propios de un libro de auto-ayuda que en el fondo, poco o nada tienen que ver con el concepto de voluntad en sí. Todos sabemos lo que es la voluntad, pero en lo más profundo de nuestro corazón, parece ser una variable totalmente ajena a nuestro control y dependiente de elementos ajenos, como los que comentaba con anterioridad, especialmente en aquellos puntos débiles de nuestra vida que nos superan por completo. De hecho la psicología conductual considera que la voluntad no existe, y depende de mero condicionamiento previo que debemos asumir con entereza sin fustigarnos demasiado cuando surja la necesidad de ella.

Desde una perspectiva más cognitivista, los Platónicos, Peripatéticos y nuevos Estoicos Modernos obviaron por completo el tema de la voluntad porque plantean en firme que el caballo pasional, simplemente debe inhibirse, derrocarse. Por eso no hace falta tanto tomar “el control voluntario de la decisión”, sino que simplemente actividades como los “hábitos” o “las buenas formas”, serían suficientes para avanzar en esta propuesta que nuestra “Razón” nos ha dado (i.e. Éticas a Nicómaco, II.4).

Lo típico que solemos leer en nuestra cultura para alcanzar la “excelencia” o la Virtud (es decir, cuando pretendemos alcanzar lo que creemos que es lo correcto), nos encontramos frecuentemente con sugerencias del tipo:

  • Empieza a trazar un plan y a definir tus objetivos
  • Iníciate con ejercicios asequibles para coger confianza
  • No te olvides de recompensar tus esfuerzos
  • Lleva un registro diario para conocer tus progresos

¿Cuántas veces habremos leído esta broza de autoayuda, que por más que lo aplicamos, es totalmente inútil en lo verdaderamente difícil en nuestras vidas? Lo interesante es que al poner de ejemplo, a aquellos que lo consiguieron se les interroga desde la base cognitiva, qué es lo que los ayudo a conseguirlo. Al final tras “psicoanalizar su conducta” las conclusiones del tipo de las que he descrito y obviamos los 3 elementos clave que definen a cada persona de manera totalmente individual para alcanzar cualquier hito: genética, episteme y circunstancias presentes.

Lo siento amigo o amiga: no conseguirás lo que tú quieras.

Pero vamos a retomar el tema de la Akrasia como esa horquilla que hay entre la Razón y la Virtud, es decir, la decisión que confirma el criterio de la Razón y como la Voluntad influye para su superación.

Los diferentes grados de Akrasia y el proceso “detective” contra la Razón

Es curioso observar, como dependiendo de la persona, ya sea genética, condicionamiento o circunstancias puntuales, existen diferentes grados de Akrasia ante una misma decisión. Adicionalmente, la voluntad nos llega a cada uno en diferentes grados y diferente conforme a la decisión que debemos tomar.

Observamos que ciertas personas son de rápido actuar, mientras que otros tantos, tardan mucho en elucubrar y aceptar cognitivamente la toma de dicha decisión. Algunos son rápidos con el deporte, pero lentos en el estudio o la investigación. Unos caen en adicciones inexorablemente y otros en la desidia o la depresión. Unos son asertivos en sus relaciones personales y otros buenos en la toma de decisiones organizativas. Lo cierto es que cada uno carga con su piedra de Sísifo, única e irrepetible.

Si pudiéramos catalogar porcentualmente los grados de 0 a 100% de Akrasia, desde que a una persona le surge un pensamiento desde la Razón, si esa persona toma inmediatamente la decisión de una acción podríamos decir que la Akrasia le afectó un 0%.

En cambio, si la misma persona, requiere de un proceso para disminuir la incertidumbre, es decir, requiere ejercitar actividades compulsivas de reafirmación, que le den cierto grado de certeza que la decisión comulga realmente con un acto correcto conforme a las leyes culturales, entonces podríamos decir que se puede encontrar en un punto intermedio, pongamos un 40 o un 50%.

Por ejemplo, si la persona piensa desde la Razón, que lo correcto es hacer ejercicio físico, pero de ahí hasta que se pone a correr, necesita reafirmar con otras personas que le validen esta creencia, leer en Internet artículos que traten sobre las ventajas de hacer ejercicio, incluso generar cierto diálogo interno que sopese los pros y los contras de dicha acción, y en general, tenga que ejercer de “detective” de la Razón, para validar su propuesta, entonces, todo el espacio que hay entre medias desde el momento que surgió el pensamiento razonable hasta la decisión Virtuosa, podríamos considerarlo como un grado de Akrasia.

Tanto es así, que conozco a algunas personas que hasta que no tienen 100% claro que validan acción correcta conforme a su idea, no mueven un dedo. Es lo que se conoce de manera popular como la famosa frase “parálisis por el análisis”. Esto se da especialmente en casos de personas que sufren algún trastorno mental que genera un alto grado de distonía en su cerebro.

Derrocando a la Akrasia: el camino del Cínico

Como comentaba al principio, para los Cínicos, el sentido de los Pónoi, de tanto esfuerzo ascético solo revertía en el grado de la Libertad del alma que una persona pudiera alcanzar. Pero sin definir claramente en qué consiste la libertad del alma, podríamos decir que es la libertad que disponemos para ejercer conforme a nuestro criterio sin influencias del medio o de los ἀδιάφορος (adiáphoros, lo indiferente, lo que no depende de nosotros).

Por eso, podríamos decir que los Cínicos en el fondo, se ejercitan por alcanzar, de manera indirecta, una forma de “voluntad”.

Es por esto, que en cierto grado, parece que a lo largo de estos últimos meses, he podido detectar por primera vez, una forma de “entrenamiento de la voluntad” real.

Al entrenarnos en los Pónoi, en general, los ejercicios ascéticos, ya sabemos que nos estamos entrenando de forma holística (e indirecta), en aceptar de buen grado las inclemencias que se dan entre medias de la decisión final (la decisión correcta, el Katorthoma o la Acción Virtuosa) y el designio de la Razón o del Logos.

En cierto grado, los Pónoi, nos “habilitan” para no necesitar de ese proceso “detective” que comentaba anteriormente. Al habernos ejercitado ascéticamente, cada vez menos necesitaremos tener que “recabar” información sobre la verdad de la Razón que en el fondo, sabíamos que era verdad desde primer momento, pero requeríamos de esa validación, en gran medida motivada por la incertidumbre de la pasión, así como los otros elementos pasionales que podrían irrumpir en el proceso (desidia, avaricia derivada de la apetencia, angustia (lupé), miedo, etc.).

Conclusión

Con esto puedo concluir que los Cínicos, así como otras tantas filosofías y cientos de órdenes, se han venido históricamente cultivando en los Pónoi por una razón de peso, más allá de la “simple idea” de la libertad del alma que concebía en un origen (y que en el fondo no es tan simple desde la perspectiva de la comunión entre la voluntad y la Virtud).

Los ejercicios ascéticos vistos como un entrenamiento en Voluntad, siendo la Voluntad el atajo hacia la Virtud, o como sugirieron algunos Estoicos, el Cinismo como un atajo a la Sabiduría Estoica, cuadran y tienen más sentido desde esta postura, al menos para mí.

Aunque el concepto de voluntad, como una posible subrama o incluso sinónimo de la motivación pueda ser un tanto controvertido y en cierto grado contraría en el fondo la pura esencia de la libertad del alma, al tener que buscar un Telos o fin en toda esta historia, no tenemos que olvidar que, al haber sido tan duramente enseñados, al menos en los países del lado occidental del globo, en esta doctrina cultural, es muy difícil cambiar el chip, y de alguna forma, me resulta conveniente buscar una especie de “Piedra de Rosetta” que nos traduzca los conceptos de nuestra cultura a una nueva concepción de la filosofía como la que propusieron los Cínicos.

Es por eso, que decir, que el entrenamiento de la voluntad, siendo la voluntad el fin último para buscar reducir al 0% la horquilla existente entre la Razón y la Virtud, sea posiblemente un motivador extremadamente interesante, al menos para mí.

Después de muchísimos años, escarbando en libros y estudios sobre psicología para encontrar un pequeño ápice que diera luz al dilema de la voluntad, puede que quizá haya encontrado algo de luz al final del túnel a través de una propuesta con nuevos cimientos que me tomaría la libertad de denominar “Neocínicos”. Al menos en la medida de lo personal, para mí cobran un sentido.

Cuando me debata en ese dilema de “por qué no me surge la voluntad para ejercer lo que me dictó la Razón hace unas horas”, podré pensar:

“Todavía te queda ejercicio, sigue en ello, no te entretengas ni un minuto, no hay nada más importante”.

Cuadrándome esta frase de Marco Aurelio que dice así:

“Aquello que soy, solo son carnes, hálito y el principio rector. Deja los libros de lado. No te distraigas más. No te está permitido”

– Marco Aurelio, Meditaciones, Libro II.2

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