Epístola 75

Epístola septuagésima quinta de las Epístolas Morales a Lucilio

Traducciones

Traducción de Francisco Navarro y Calvo

La filosofía no debe atender a las palabras sino a las ideas

[1] Te quejas del estilo descuidado de mis cartas.—¿Quién habla con atildamiento, sino el presumido? Te escribo lo mismo que te hablaría si nos encentrásemos sentados o paseando; con descuido y sencillamente, deseando que mis cartas no tengan nada rebuscado ni fingido.

[2] A ser posible, preferiría mostrarte mis sentimientos, a comunicártelos por escrito, y si tuviese que exponerlos delante de ti, no alzaría la voz, no agitaría los pies ni las manos, y dejaría todo esto para los oradores.

[3] Bastaríame hacerte oír lo que pienso, pero ni muy alto ni muy bajo, y procuraría persuadirte de que no digo nada que no esté en mi corazón lo mismo que en mis labios. No besa lo mismo el hombre a sus hijos que a su amante; sin embargo, este beso no es tan indiferente que no revele cariño. No aprobaría tampoco á fe mía que se tratasen cosas tan elevadas con palabras secas y rastreras: la filosofía no renuncia a las bellezas del lenguaje, pero no debe cuidarse excesivamente de ellas. No nos propongamos otra cosa que decir lo que pensamos y pensarlo que decimos.

[4] Que nuestra vida esté conforme con nuestras palabras. El hombre cumple su promesa si aparece igual cuando se le ve que cuando se le oye, y conoceremos lo que es y lo que vale, cuando hayamos visto si es siempre igual.

[5] No busquemos tanto el deleite como el fruto en nuestros discursos. Si las palabras bellas se presentan espontáneamente, o no cuestan trabajo, empleémoslas para hacer comprender las materias agradables, pero no para gloriarnos nosotros mismos. Todas las demás ciencias son para el entendimiento, esta es para los asuntos del alma.

[6] El enfermo no se cuida de que el médico hable bien, sino de que sepa curar bien. Sin embargo, si ocurre que al curarle discurre agradablemente acerca de los medicamentos que necesita, le escuchará con gusto, pero no se regocijará por tener un médico que hable bien. Esto es lo mismo que si un piloto experimentado tiene hermosa figura.

[7] Podrías decir a ese médico: ¿por qué diviertes mi oído? ¿por qué quieres seducirme? Ahora se trata de otra cosa; de aplicarme el hierro y el fuego, de prescribir la dieta. Te he llamado para esto; tienes que tratar un mal inveterado, grave y molesto, y tienes que trabajar tanto como en tiempo de peste. También te diría yo: ¿te diviertes en las palabras? Si crees saber bastantes cosas, diviértete, regocíjate en hora buena. Pero ¿cuándo imprimirás tan profundamente en tu alma lo que hayas aprendido que no se borre jamás? ¿Cuándo harás la prueba? Porque no basta haber fijado en la memoria estos bellos conocimientos como tantos otros; necesario es además ponerlos en práctica, puesto que somos felices ejerciéndolos y no adquiriéndolos.

[8] ¡Cómo! ¿No existen grados en ellos? ¿se llega de pronto a la sabiduría?—No, según creo; porque el que empieza, se encuentra aún en el número de los ignorantes, aunque ya medie mucha distancia entre ellos; existiendo también una muy grande entre los que empiezan. Ordinariamente se les divide en tres clases: los primeros son aquellos que no han llegado aún a la sabiduría, encontrándose cerca de ella, pero lo que está cerca, todavía está fuera.

[9] —¿Preguntas quiénes son estos? —Los que han abandonado sus vicios y malas inclinaciones; los que han aprendido lo que deben abrazar, pero aún no han experimentado sus fuerzas, y no utilizan su ventaja: encuéntranse sin embargo fuera de peligro de recaer o retroceder, pero no lo conocen, y, como creo haberte dicho en una de mis cartas, no saben que son sabios; encuéntranse ya en posesión de sus bienes, pero no se atreven a confiar en ellos.

[10] Algunos dicen que están curados en verdad de las enfermedades del alma, pero no de las afecciones que les mantienen todavía en la pendiente del vicio, del que nadie puede creerse libre hasta que lo ha arrojado por completo; lo cual no se consigue si antes la sabiduría no ha ocupado su puesto.

[11] Frecuentemente te he señalado la diferencia que hay entre las enfermedades y las afecciones del alma, pero he de recordártela otra vez. Las enfermedades son vicios inveterados y endurecidos, como la avaricia y la ambición desmedida, que, habiéndose apoderado del alma son sus perpetuos verdugos. Para decirlo de una vez, esta enfermedad es una opinión desarreglada que hace desear ardientemente cosas que no lo merecían; o si lo prefieres, es desmedida avidez por lo que no debe buscarse con apresuramiento, o que no debe buscarse de ninguna manera; o bien, en fin, es elevado aprecio de las cosas de que debe hacerse poco caso, o que deben despreciarse.

[12] Los afectos son movimientos desordenados, repentinos y violentos, que siendo frecuentes y no habiéndolos corregido, degeneran en enfermedad, como la fluxión que no es duradera produce la tos, y cuando continúa mucho tiempo produce al fin la tisis. De aquí que los que han avanzado mucho y se acercan a la perfección, están libres de las enfermedades del alma, pero se encuentran sujetos aún a los afectos.

[13] —El segundo orden comprende a los que se han curado de las enfermedades y afectos del alma, pero su salud no está muy firme aún, porque pueden recaer.

[14] —El tercero incluye a los que se han libertado de muchos y grandes vicios, pero no de todos. Uno se liberta de la avaricia, pero aún está sujeto a la cólera. Otro ha abandonado la lujuria, pero continúa siendo ambicioso; aquél no desea ya, pero teme todavía; muéstrase fuerte en ocasiones y cobarde en otras; desprecia la muerte y teme el dolor.

[15] Meditemos algo en este orden. Honroso será para nosotros si se nos admite en él. Para entrar en el segundo, se necesita haber nacido muy afortunado y dedicarse al estudio con extraordinaria aplicación. Pero en último caso, el tercer orden no es despreciable. Considera cuántas maldades se cometen ante tus ojos, y que no hay crimen tan enorme del que nuestra época no ofrezca ejemplo. Contempla cómo progresa la maldad de día en día, los desórdenes que se realizan, tanto pública como privadamente, y conocerás que no es poca fortuna si no pertenecemos al número de los malvados.

[16] —Pero dirás: yo quiero remontar a otro orden superior.—Así lo deseo para ti y para mí, pero es cosa que no me atrevería a prometerme; porque estamos preocupados y queremos seguir la virtud estando dominados por el vicio. Avergüénzame en verdad decirlo: solamente pensamos en la virtud cuando no tenemos otra cosa que hacer. Pero ¿qué recompensa nos espera si podemos despojarnos de una vez de esas ocupaciones y de esos embarazosos males a que estamos adheridos? Ya no habrá avidez que nos arrastre, ni temor que nos inquiete.

[17] No nos agitarán terrores, ni nos corromperá la voluptuosidad. No temeremos la proximidad de la muerte ni la cólera de los Dioses. Conoceremos en entonces que la cólera no es un mal, y que los Dioses no pueden ser malos; que es imperfección hacer daño, como también poder sufrirlo.

[18] Que si pasamos un día de este paraje lleno de miserias a aquellas hermosas y sublimes moradas, encontraremos esperándonos en ellas tranquilidad de espíritu y libertad exacta de toda clase de errores.—Preguntas, ¿qué es esto?—No temer a los hombres ni a los Dioses; no querer cosas torpes ni pequeñas, y tener completo dominio sobre las pasiones. Bien inestimable es ser de sí mismo. Adiós.

Referencias

  • Epístolas morales por Lucio Anneo Séneca, Epístola LXXV, Traducción directa del latín por D. Francisco Navarro y Calvo (1884)